Seamos libertad europea, seamos paz universal. Victor Hugo.

13.11.12

El 14N como ejemplo de construcción europea no institucional



La huelga general del 14N me parece un gran ejemplo - hasta ahora, el mejor - de construcción europea no institucional. Con "no institucional" me refiero a que no pasa necesariamente por los cauces de las instituciones europeas - Comisión, Eurocámara, Consejo o acuerdos bilaterales entre los Estados -. Es una acción puramente ciudadana. Pero, sin embargo, sí es construcción europea. ¿Por qué? ¿Y por qué es importante?

Uno de los principales problemas de la ciudadanía europea - sí, hablo de ciudadanos - es que quiere una Europa mejor pero espera que los políticos hagan todo el trabajo. En realidad, la ciudadanía considera que son las instituciones - Gobiernos nacionales, Unión Europea - las que deben hacerlo todo. Si las instituciones no lo hacen, entonces los ciudadanos sencillamente se "indignan" y exijan que venga otro que sí haga las cosas bien, pero si ese "otro" no llega se bloquean y no saben cómo reaccionar. En el caso de los Estados la más de las veces se pide una refundación - como hace el 25S en España - y en el ámbito comunitario la eliminación - como la UE no funciona como nos gustaría, hay que eliminarla -. Al menos este es el mensaje que han transmitido todos los indignados desde Francia hasta su extensión por toda Europa - exitosa en España y testimonial en los demás países -.

Lo cierto es que la construcción europea no es más que un concepto, filosofía o como se le quiera llamar. No es algo "oficial" ni de la Unión Europea ni de los Estados que la forman y, por tanto, puede - y debe - ser realizada no sólo por las instituciones sino por cualquier agente social o la sociedad en sí misma. Es en este sentido donde el 14N, sólo por su mera convocatoria, es ya un éxito. Porque se está haciendo construcción europea sin pasar por los cauces institucionales.

El 14N es construcción europea porque está poniendo de acuerdo y organizando a los trabajadores a un nivel no nacional o local, sino comunitario. La convocatoria ha obtenido apoyo - en mayor o menor grado - en la Península Ibérica, Italia, Grecia, Bélgica, Francia, Alemania, Austria, Polonia, Dinamarca, Reino Unido, Holanda, Suiza, Suecia, Rumanía, Finlandia, Turquía, Chipre, Crocia, Letonia Eslovenia o la República Checa entre otros. Dentro y fuera de la Unión, los ciudadanos tienen una estrategia, un objetivo - lograr una alternativa a la austeridad merkeliana - y van a dar una respuesta organizada. En resumidas cuentas: creen en una Europa mejor y se están organizando para conseguirla ellos mismos, en lugar de limitarse a quejarse en las redes sociales o esperar a que los políticos por arte de magia lo arreglen todo.

Esto no ha recibido la atención que merecía de los medios. Cualquier manifestación convocada por Twitter en varias ciudades obtiene una mayor cobertura mediática que una acción sindical a nivel comunitario. ¿Por qué? Bueno, supongo que podrían hacerse muchas interpretaciones. Mi teoría es que todo responde a valores estéticos; los llamados "movimientos sociales" son formados sobre todo por universitarios, se asocian a los jóvenes, tienen un tratamiento informativo romántico - a veces incluso sexual - y son digitales. En definitiva "molan" y, sobre todo, atraen muchas más visitas desde Twitter que cualquier otra información, lo que conlleva más ganancias por publicidad si los medios les bailan el agua.

Cuando he hablado con alguien de este tema, especialmente dentro del "movimiento" indignado, me dice que estoy equivocado y que sí, que ellos quieren una Europa mejor, pero que no van a hacerla utilizando los cauces "tradicionales" porque están caducos o corruptos. Esto significa que no van a organizarse ni a través de partidos, ni de sindicatos ni de asociaciones porque eso sería "jerarquizar", crear nuevas "clases dominantes". Es decir, que lo van a hacer todo por Twitter.

En mi opinión esto es una excusa para maquillar la inacción, la pereza o la vaguedad con que se tratan las movilizaciones, porque la experiencia ha demostrado que Twitter, que no es más que un servicio de SMS gratuitos, puede servir para convocar manifestaciones simultáneas en cualquier lugar del mundo pero es difuso a la hora de definir objetivos y estrategias elaboradas, lo cual termina llevando cualquier acción al caos y, por consiguiente, a su fracaso.

El 14N, por el contrario, utilizando cauces tan europeos como la propia Comisión, pero no necesariamente inherentes a la institucionalidad europea, está sin embargo dando un paso adelante en la integración: ni más ni menos que reivindicando una política laboral y social justa a nivel europeo. Todo ello organizado, con objetivos y acciones realistas y en clave comunitaria. Es decir, los trabajadores están abandonando sus roles puramente nacionales y están dejando de ser españoles, franceses o suecos para ser ciudadanía europea, en un contexto de cada vez mayor y más profunda solidaridad internacional.

Solidaridad que se hace más visible aún cuando recordamos que, en el norte de Europa, la austeridad no está causando los estragos que provoca en el sur. Esto significa que los ciudadanos de estos países van a apoyar el 14N para protestar contra algo que, desde un punto de vista estrictamente nacional no les afectaría; es decir, están empezando a considerar que lo que ocurra en el sur les afecta porque el sur también son ellos - en tanto que europeos -. En definitiva, estamos hablando de la construcción no de los presupuestos o legislaciones europeas, sino de la sociedad civil europea.

Siempre he pensado que los ciudadanos son tan responsables o más de la construcción de Europa que los políticos, y que lo bien o mal que funcione la Unión es también nuestro problema. Parece que mucha gente ha llegado a la misma conclusión y ha decidido actuar en consecuencia. Creo, por eso, que el 14N puede y debe sentar un precedente, así como servir de ejemplo para nuevas y numerosas acciones que en el futuro ayuden a completar la construcción europea desde un punto de vista ciudadano, democrático y justo para todos.

26.7.12

¿Tendrá Europa segundas oportunidades?

Cada vez son más los europeístas que ven probable e incluso deseable un eventual fracaso de la moneda única seguido por un descalabro de la Unión. Aunque esto parezca paradójico - los europeístas simpatizando con el fin de la UE - se basa en una postura razonada aunque opinable: que el fin de ésta Unión Europea puede traer una Unión Europea nueva que funcione mejor. Aprender de los errores, depurar vicios y responsabilidades y empezar de nuevo, esta vez sí, encarados al éxito y sin arrastrar los males que nos condujeron al desastre. En definitiva demoler el edificio y construir uno más sólido en lugar de apuntalar y restaurar las ruinas.

Esto, como digo, es opinable y lo que deberíamos preguntarnos - europeístas o no - es sencillamente si Europa podría hacer esto. ¿Podrá Europa, tras un eventual fracaso de la Unión, aprender de sus errores, recuperar el espíritu integrador y restaurar la Unión, en esta ocasión, con los mecanismos políticos, económicos y democráticos necesarios para hacerla funcionar y sobrevivir en el siglo XXI? La respuesta es: rotundamente no.

¿Por qué? En un futuro me gustaría explicar detenidamente cómo creo que será la Europa post-comunitaria, pero ahora lo expondré a grandes rasgos. Lo que - imagino - tendremos tras una eventual quiebra del euro seguida por un colapso de la Unión serán devaluaciones extremas en los países más débiles, afectados a su vez por deudas multimillonarias que seguirán virtualmente en euros. Al mismo tiempo, el hundimiento del crecimiento por la falta de liquidez traerá muchos casos de hiperinflación, agravados por los pánicos bancarios y fugas de capitales derivadas del miedo colectivo. La restauración de las fronteras gravará las transacciones comerciales con aranceles aduaneros, lo que perjudicará a los países importadores - porque muchos productos subirán de precio - y a los exportadores - porque venderán menos - lo cual aumentará aún más el paro.

En definitiva tendremos gente muy pobre con sueldos muy bajos y bienes muy caros - carísimos - a pagar con una moneda extremadamente barata y sostendremos una serie de Estados técnicamente arruinados sin dinero para financiar infraestructuras ni sostener servicios de ningún tipo. A todo ello hay que añadir que el fin de la Unión conllevará la obvia disolución de los presupuestos comunes y, por tanto, de los Fondos de Cohesión, lo que provocará que las naciones más débiles no puedan contar más con el plus que anteriormente suponía la aportación de los países más ricos. Es decir, cada Estado tendrá que arreglárselas solo - para vislumbrar la magnitud de esto, debemos saber que en España dependen desesperadamente de estos fondos cosas como las universidades, las carreteras y autovías o la recogida de basuras -.

¿Significa esto que Europa no podría rehacerse? Los europeístas saben que todo esto ocurriría, incluyendo a aquellos que creen que ya es necesario para empezar de cero, incluso para que el derrumbe convenza a los ciudadanos de la necesidad de crear una segunda Unión esta vez mejor integrada y más democrática. Ahora bien, ¿podríamos? No, no lo creo; a continuación explicaré por qué.

Muchos creen posible empezar de cero basándose en el mejor y más exitoso ejemplo reciente de "resurrección europea": la Segunda Guerra Mundial. Con una situación económica infinitamente peor, todas las infraestructuras del continente devastadas, colapso alimenticio y cincuenta millones de muertos a sus espaldas Europa fue capaz de rehacerse, encauzar su destino y avanzar en la senda del desarrollo, la democracia y la integración. Ahora bien, esto sería imposible ante un nuevo naufragio de Europa por algunas razones muy sencillas.

La primera de ellas se llama Estados Unidos de América, o mejor dicho su ausencia. Porque fue Estados Unidos, realmente, el verdadero artífice de la recuperación europea tras la Segunda Guerra Mundial. Con su descomunal despliegue de inversiones, su apoyo financiero y político e incluso su protección militar, Estados Unidos garantizó la restauración de las naciones europeas. Fue en gran medida por este apoyo que Europa produjo el milagro; pasó de la devastación más absoluta a componer el grupo de países más desarrollado del mundo en sólo treinta años. Y no sólo eso, Estados Unidos logró también mantener a raya la injerencia de la Unión Soviética en Europa.

Estados Unidos hizo esto porque le convenía - creó en Europa un mercado preferente para dar salida a su enorme producción industrial, lo que en última instancia benefició a su economía - y también porque podía. En el siglo XXI, con una economía creciendo a velocidad de crucero, una sociedad menos dinámica y más desencantada, tras la fractura que supuso el 11S y compitiendo con cuatro bestias imparables - Brasil, China, Rusia, India - garantizar el éxito o el fracaso de la Unión Europea es lo último que Estados Unidos necesita.

Está bien, podemos ser optimistas y pensar que incluso sin el apoyo de los Estados Unidos lograríamos rehacernos. Lo hemos hecho otras veces, y después de todo la situación no sería tan catastrófica como en los 1950. Por ejemplo las infraestructuras no habrían sido destruidas, ni tendríamos millones de muertos a nuestras espaldas. Quizá podríamos, como sugieren muchos, plantearnos empezar de cero aun aceptando estas serias dificultades y tal vez incluso fuera posible pero lo que debemos preguntarnos es si los demás nos dejarían.

La UE, desde el principio, ha causado muchos recelos en el mundo. Ha puesto nerviosa incluso a América. La Unión causaba recelos porque era una potencia emergente, era un competidor contra el que muy pocos países tenían ganas de enfrentarse en el futuro. Si la Unión Europea se hubiera hecho bien desde el principio - en 1992, con su primer Tratado - sin duda se habría convertido en poco tiempo en la primera potencia mundial porque lo teníamos todo para ser la primera potencia mundial. Esto nos ha demostrado la actitud de terceros actores, muchos de los cuales han puesto palos en las ruedas de Europa desde el primer momento - Estados Unidos, por ejemplo, apoyó con decisión la gran ampliación al este, algo que sabía que perjudicaría a la UE como finalmente ocurrió -.

Postrados y desarmados en el suelo, nuestros competidores - en un mundo competitivo y global - lo tendrían mucho más fácil. Hay que tener en cuenta que en medio del desastre tendríamos que driblar con los empujes de Brasil, India y, sobre todo, Rusia y China. Lo que seguramente harían - y harán - estas potencias será aprovechar el desplome de la Unión para, una a una y por separado, convertir a las naciones europeas en su patio trasero - divide y vencerás -. ¿Cómo harán esto? Fácil, sólo tenemos que pensar en el modo en que Europa ha hecho lo mismo en el pasado con África o Latinoamérica.

En primer lugar habría una fuerte colonización económica y financiera. Las potencias emergentes todo el capital industrial europeo, controlando así las fuentes de generación de riqueza y empleo. Se harían grandes inversiones, asimismo, en la deuda de los países europeos y se desplegarían eternas líneas de crédito para condenarlos a un endeudamiento perpetuo y hacerlos dependientes. Estos movimientos orientados al control económico también aumentarán la fuerza política de los poderes extranjeros sobre Europa, con Gobiernos cada vez más endebles y menos democráticos. Ya se están dando pasos en este sentido. A todo ello se uniría la entrada en la esfera militar rusa ante el paulatino retroceso de los Estados Unidos - teniendo en cuenta que muchas de las fuerzas armadas europeas ya son débiles hoy y lo serán aún más tras el definitivo colapso del euro -; algo que algunos sugieren que ya está ocurriendo.

Debemos pensar en cómo funciona el mundo y en lo competitivo que es. Las potencias extranjeras han aprendido de nosotros, estuvimos a punto de derrotarles y no van a cometer el mismo error. No van a dejar que nos rehagamos. E incluso aunque no albergasen malos sentimientos contra nosotros ni deseasen aplastarnos en nuestro peor momento, la reconfiguración del escenario internacional inevitablemente nos afectará dramáticamente.

La historia parece enseñarnos que cuando una potencia resurge otra inevitablemente cae. Es algo que estamos viendo, sencillamente la globalización parece destinada a acabar con nosotros - justo al contrario de como creíamos que sería -. A medida que las potencias emergentes sean más fuertes y estables y aumente su nivel de vida nos veremos afectados de forma inevitable: necesitarán provisiones adecuadas de mano de obra barata para mantener la competitividad de sus multinacionales, Estados clientes con leyes débiles en materia laboral y medioambiental para favorecer sus necesidades de producción o entornos donde mantener alejadas a las mafias del crimen internacional que terminarán por expulsar de sus propios países. Necesitarán, en fin, un patio trasero.

Lo que planteo - y podría seguir con varios ejemplos - es simplemente lo que cada vez más expertos profetizan: un cambio en los puntos de gravedad tras los cuales el mundo seguirá siendo exactamente igual que ahora, pero con las cosas cambiadas de sitio. Lo que llamamos "primer mundo" se encontrará radicado en el Pacífico y al Mediterráneo, por desgracia para nosotros, le tocará la peor parte. En este contexto hablar de una segunda integración o una nueva Unión Europea será impensable, como hubiera sido impensable que se crease una "Unión Latinoamericana" en los 1990 - unión que sí se creará en un futuro próximo, toda vez que América del Sur ocupe el lugar que hasta ahora había ocupado Europa en el mundo desarrollado -.

¿Todo esto sucederá inevitablemente? Inevitablemente no, pero es muy probable que ocurra. En mi opinión es un proceso casi irreversible y natural de evolución del mundo. Si queremos verlo desde el punto de vista de la "justicia histórica", tal vez sea una forma de expiar a Europa por los crímenes que ha cometido contra la humanidad durante mil años - con la paradoja cruel de que no sufrirán el castigo sus autores sino sus descendientes -. En cualquier caso las potencias emergentes ven - cosa lógica - una oportunidad en el derrumbe europeo y no piensan desaprovecharla.

¿Podemos evitarlo? Es difícil. Desde luego no si quiebra el euro y la Unión colapsa. En esta ocasión, como hemos comentado, no tendremos a nadie que nos saque las castañas del fuego. De todas las potencias emergentes sólo una - Brasil - es una democracia de corte occidental de modo que nos quedarán pocos amigos en el escenario internacional dispuestos a hacer semejantes esfuerzos por salvarnos. Lo que tendremos, insisto, es una Europa empobrecida, con salarios muy bajos, dedicada casi en exclusiva a la producción, con una economía intervenida de facto de forma perpetua y con una nociva presencia del crimen internacional. Algo muy parecido a lo que durante el siglo XX ha sido Centroamérica.

¿Se podría evitar, por otro lado, el colapso del euro? En mi opinión sí, si nuestros líderes políticos tomaran las decisiones adecuadas. Por desgracia no lo harán, en primer lugar porque son imbéciles y porque sólo piensan - como haría un estúpido - en las próximas elecciones. En segundo lugar porque los ciudadanos, que compiten con los políticos en este sentido, no sólo no exigen con insistencia y decisión que se tomen dichas decisiones sino que, cuando se toman, las rechazan porque son un "ataque a la soberanía". Tal como están las cosas lo más probable es que Grecia deje el euro en septiembre y comience el lento pero inexorable colapso de la Unión Europea - del que hablaremos con más extensión en futuras entradas -.

Cabe preguntarnos, sin embargo: ¿habrá servido de algo todo esto? ¿De verdad los cincuenta años de integración no van a valer para nada? Bueno, para nosotros no, desde luego. Pero sí para el mundo. Míremoslo con generosidad: nosotros nos hundiremos en un pozo del que jamás saldremos, pero durante unos años dimos a las naciones del mundo una lección formidable de democracia, concordia, diálogo entre los pueblos, paz e integración. Algo que imitará América Latina creando con éxito, esta vez sí, una Unión basándose en nuestro ejemplo.

16.6.12

Lo que siempre olvidamos en la crisis europea

Wikimedia Commons

El 15 de mayo de 2012 uno de los dos dirigentes más odiados de la Unión Europea, Nicolas Sarkozy, cedió todos sus poderes a François Hollande y perdió cualquier atisbo de autoridad pública. Sarkozy hizo esto de forma absolutamente pacífica y, lo más importante, sin ninguna necesidad de ser obligado, presionado o forzado a ello. Esto puede parecernos lo más normal del mundo, pero sería muy improbable hallar ejemplos parecidos en otros lugares como Rusia, China, África y en general gran parte del mundo.

El 11 de febrero de 2011 Hosni Mubarak abandonaba el poder en Egipto, tras dieciocho días de una sangrienta rebelión que dejó más de ochocientos muertos. Mubarak no cedió sus poderes a un sucesor democráticamente elegido, sino a una Junta Militar.

En la Europa desencantada Egipto es visto como un romántico ejemplo de superación nacional, épica y persecución de utopías. Esta imagen tan idílica de unos hechos en realidad poco bucólicos nos hace olvidar que nosotros lo tenemos más fácil. Los franceses, para deshacerse de su odiado tirano, no necesitaron ríos de sangre ni semanas de lucha; sólo una apacible jornada de votaciones. Es posible que no aparezcan en los libros de historia del futuro ni que se rueden películas sobre ellos, pero su opinión tuvo un resultado y esa misma noche pudieron dormir tranquilos en sus casas con sus familias.

¿Qué tiene todo esto que ver con la crisis europea? Mucho. Europa es el mal, a Europa la gobiernan los mercados, la Unión es la campeona del neoliberalismo. Sin embargo, esa totalitaria maquinaria dirigida por oscuros poderes se tropieza un día sí y otro también con la opinión de la ciudadanía y con su descontento, algo de lo que no se pueden quejar las autoridades rusas o chinas.

En febrero de 2012 el Parlamento griego aprobaba un duro plan de recortes a cambio del cual recibiría un segundo rescate financiero. Con esta complicadísima votación se ponía fin - temporalmente - a semanas de angustia en toda Europa. ¿Qué ocurriría si Grecia se negaba a aceptar las reformas? ¿Qué consecuencias tendría esto para la economía comunitaria? Uno cabe argüir que un verdadero Gobierno totalitario no tendría que vérselas con esta incertidumbre. Un Gobierno totalitario decretaría las reformas y punto; una Unión absolutista, como la dibujada por los indignados en su retórica, no tendría la deferencia de permitir a los helenos elegir entre la intervención o el suicidio.

Πρωθυπουργός της Ελλάδας
El Gobierno heleno no pudo imponer los recortes sin convencer
antes al Parlamento.


No me cabe duda de que la canciller Merkel desearía poder imponer las reformas que crea necesarias sin tener que toparse con ese incómodo obstáculo que representa la democracia. Porque, asumámoslo como un hecho, la democracia es una molestia para los gobernantes. Una molestia afortunada para nosotros. Y una molestia que, aunque aceptada por los europeos como lo más natural del mundo, es en realidad una rareza entre las naciones. Si el presidente chino Hu Jintao se viese en una situación similar a la de Merkel, con una región díscola causándole problemas, ¿se pararía a esperar angustiosas votaciones parlamentarias para la ejecución de sus planes? ¿O se limitaría simplemente a imponer su autoridad, si fuera necesario, con los tanques de por medio?

Europa tiene un vicio importante: ignorar sus problemas en tiempo de bonanza y desdeñar sus méritos en época de crisis. Algo que contrasta con casos como el de Estados Unidos, un país que - con sus muchos defectos - tiene la virtud de aferrarse a su fortaleza cuando las cosas van mal. Actitud que no pocas veces condujo al éxito a esa gran nación. Algo que la Unión, sin embargo, olvida demasiado a menudo.

Si Europa fuera la gris dictadura en la sombra que los populismos le acusan de ser no estarían todos sus gobernantes temblando ante los comicios de mañana. Es curioso: Grecia ha ardido varias veces desde que empezaron los ajustes, pero si algo puede acabar con todo serán unas elecciones. Los medios publicaron cada disturbio a página completa y olvidaron el poder infinito de las urnas. ¡Vaya birria de dictadura! Puede ser derrotada por un puñado de votos.

EPA
El líder comunista Giorgos Mavrikos muestra su desacuerdo con
el memorándum sin recibir represalias, algo difícil de ver en
muchos países del mundo. 


¿Qué estoy expresando con esto? ¿Que aplaudamos y digamos que todo está bien? No, estoy pidiendo que cambiemos de actitud. Las cosas van mal, pero no lo arreglaremos con esta sobredosis de desdén y nihilismo. No lo haremos envidiando esa postal cinematográfica, romántica y utópica que los medios nos han vendido de la mal llamada Primavera Árabe. Lo haremos aferrándonos a nuestra fortaleza: a nuestra democracia, a nuestras opiniones, nuestras ideas y todo aquello que consideramos bueno. Querrían imaginarnos a los jóvenes tomando las calles, luchando contra la policía, arreglándolo todo y celebrándolo por la noche con un buen polvo y olvidan que tenemos armas menos cinematográficas pero más potentes.

Europa, con toda su malignidad, está repleta de Gobiernos democráticos. Nuestros políticos, viles y corruptos, palidecen ante la fuerza de nuestros votos. Los abusos se cometen, pero se denuncian. Los atropellos suceden, pero la prensa nos lo cuenta y lo rechazamos. Hay hambre, hay sufrimiento, pero los Parlamentos siguen en pie y los militares no han arañado ni una parcela de autoridad, como sí ocurrió en crisis similares de tiempos tenebrosos pero aún no muy lejanos. ¿Vamos a ignorar toda esa fuerza buena que esconden nuestros países?

Estas consideraciones son ambiguas, más culturales que puramente técnicas y no tienen una traducción política clara. Por eso lo único que propongo es que levantemos la cabeza, cambiemos de mentalidad y nos digamos: "somos Europa, somos algo grande y vamos a arreglar esto".

25.4.12

Si la Unión Europea fuera un país



Si a día de hoy se iniciase un proceso constituyente y se declarase la Unión Europea como nación soberana, estos serían algunos de sus indicadores:

Sería el país más rico del mundo.

Con un PIB de 17.577.691 de dólares en 2011 según el FMI la Unión Europea sería, incluso en una época de grave crisis, el país más rico del mundo justo por delante de los Estados Unidos.

Sería el país más desarrollado del mundo.

Con un Índice de Desarrollo Humano de 0'937 según parámetros de la UNDP la Unión Europea sería el país más desarrollado y con la mayor calidad de vida, justo por delante de Noruega.

Sería el tercer país más poblado.

Con una población total de 502.486.499 de personas sería el tercer país más poblado del mundo, por detrás de La India y seguido por los Estados Unidos.

Sería uno de los diez países más grandes.

Concretamente el séptimo con una superficie de 4.324.782 de km2, justo por detrás de Australia y por delante de La India.

Tendría el Parlamento nacional más grande del mundo.

La Eurocámara que ya representa a 500 millones de ciudadanos sería, con sus 750 diputados elegidos por 415 millones de personas, el Parlamento nacional más grande del mundo.

Sería la segunda mayor democracia del mundo.

Con sus 500 millones de habitantes la Unión Europea sería, tras La India, el Estado democrático más numeroso del mundo.

Sería el país con más lenguas oficiales.

La Unión Europea sería el único país con veintitrés idiomas oficiales y estaría entre las naciones con mayor diversidad lingüística al hablarse más de doscientas lenguas con diversos grados de oficialidad.

Sería el país con más espacios protegidos.

Los 454.723 km2 de la Red Natura 2000, más los espacios protegidos por las propias legislaciones nacionales (que pasarían a ser estatales) convertirían a la Unión Europea en la nación con mayor superficie de espacios naturales protegidos. Una tasa del 20% de energías renovables convertirían además a este país en el más sostenible del mundo.

Sería el país con más monumentos Patrimonio de la Humanidad.

España e Italia ya son los dos países con más Patrimonio de la Humanidad reconocido por la UNESCO. En el caso de conformarse como Estado soberano la Unión Europea englobaría el Patrimonio de la Humanidad ostentado por sus veintisiete naciones constituyentes, todas ellas con un importante legado artístico, histórico y cultural desarrollado durante más de dos mil años.

¿Conoces algún otro dato interesante sobre una posible nación europea?

imagen: MPD01605

23.4.12

En defensa de Schengen



Schengen es un símbolo irrenunciable de nuestra Unión Europea

El espacio Schengen garantiza la igualdad, seguridad, comunicación, cooperación y, en definitiva, la libertad entre los ciudadanos europeos que buscaban los padres de la Unión Europea en los inicios del proyecto. El espacio Schengen da a los ciudadanos comunitarios el poder de desplazarse libremente entre los países que forman el espacio común y por ello constituye uno de los símbolos irrenunciables de nuestra Unión Europea.

Desde More Europe rechazamos la propuesta del eje Merkel-Sarkozy de desmantelar Schengen y reinstaurar las fronteras internas, ya puesto en marcha por Dinamarca y cuyos pasos quiere seguir Suiza.

Por ello, animamos a los ciudadanos europeos a movilizarse para salvar nuestra Unión Europea antes que la voracidad electoral de determinados políticos acabe con ella y también les pedimos que se sumen a las acciones que realizaremos en su defensa.

12.4.12

¿Volverá la Europa fascista?

Marine Le Pen en un acto en Francia.

Las últimas noticias electorales de Francia son preocupantes. La candidata ultraderechista Marine Le Pen es la preferida de los jóvenes entre dieciocho y veinticinco años.

Para muchos parece sensato creer que el fascismo está resucitando en Europa y que no sólo va a recuperar gran relevancia sino quizá la supremacía política del continente en los próximos años. Pero, ¿es esto posible? Para ello es conveniente atender a las señales.

Una de las más impactantes fue la de los atentados del verano pasado en Oslo, Noruega, perpetrados por el terrorista neonazi Anders B. Breivik. Era la primera vez desde la II Guerra Mundial que el fascismo se expresaba de forma sangrienta en Europa.

Se ha dicho que este caso fue un hecho aislado y que Breivik era un iluminado. Pero los informes afirman que Breivik se encontraba en plenas facultades. Y está por ver que se trate de un caso circunstancial. Lo peligroso de Breivik no es Breivik como terrorista, sino un manifiesto de 1.500 páginas donde detalla su ideario ultra, que ya ha sido traducido a todas las lenguas de Europa y que circula día y noche a través de la red. Muchos jóvenes descontentos leerán el libro de Breivik y esto ayudará a reproducir sus ideas y sus actos en el futuro.

Esto parece más probable si atendemos al hecho de que Breivik no ha sido un elemento esporádico y aislado, sino que ha aparecido en un contexto en que la ultraderecha cada vez tiene menos complejos, gana mayor cuota electoral en la Unión y en los Estados nacionales y su relevancia política crece. Los Verdaderos Finlandeses son la tercera fuerza en Finlandia y la ultraderecha condiciona al Gobierno danés. En Grecia cada vez tiene mejores resultados el Hrysi Avgi, partido abiertamente neonazi que incluso ha logrado un concejal en Atenas. En España, país donde no existe una ultraderecha parlamentaria desde la dictadura, la xenófoba Plataforma per Catalunya estuvo a punto de entrar en las cortes catalanas. Ahora es el Frente Nacional el que crece en Francia al calor de los indignados.

Marcha del partido neonazi griego Hrysi Avgi. 

Es curioso que Le Pen sea exitosa precisamente entre los jóvenes descontentos que desde la gran crisis se han echado a las calles tras leer el panfleto de Sthépane Hessel. Han pasado de románticos indignados a potenciales votantes fascistas en sólo un par de años. La ultraderecha es inteligente y sabe lo que se hace: hay que confundir a la población con chivos expiatorios. Parece que el nacionalismo ha encontrado en Europa su "Gran Satán". El mensaje es claro: "la Unión Europea tiene la culpa, Europa perjudica a nuestro país, nuestro país debe gobernarse a sí mismo porque nuestra nación es en realidad superior a las otras".

Es un mensaje que los indignados no reconocerán pero que subyace en sus protestas y en sus manifiestos. Se exige la disolución de la UE, la Unión es mala, la salvación en realidad está en las naciones. El aplauso de los indignados españoles al discurso del ultranacionalista Farage parece corroborar esta teoría. Que los movimientos de protesta están tornándose de forma cada vez menos velada en corrientes populistas de corte nacionalista es evidente.

En algunos países (sobre todo en Grecia) ya se hacen llamamientos a las armas. En el país balcánico ha habido amenazas sobre una posible andanada militar. Nada es descartable. Pero debemos pensar en el futuro.

¿Qué pasará cuando todos estos jóvenes de dieciocho tengan entre treinta y cuarenta años? Pensábamos que la pena de muerte o el racismo de Estado eran temas superados por Europa, esto se daba por hecho. Era erróneo; parece que una nueva generación con otros idearios menos democráticos está naciendo, y algún día ellos llevarán las riendas de Europa. Y es normal que esto ocurra. En la Europa del bienestar era fácil ser libertario y progresista. Pero ahora los europeos sufren, cada vez hay más pobreza y los ciudadanos ven cómo nadie detiene a los poderes financieros y los Gobiernos democráticos no hacen nada.

En este contexto, cada vez más parecido al de Entreguerras, el fascismo prospera con los mismos métodos de los años 1930. "La democracia es mala, la democracia favorece el gobierno de los débiles y nosotros necesitamos líderes autoritarios, líderes que sepan hacerse respetar". El desprestigio de las democracias europeas ayudará a difundir este mensaje (que ya cala entre los jóvenes); la Unión Europea deberá ser destruida como símbolo de ese "Gobierno de los débiles" que es la democracia y el imperio de las libertades.

Dentro del escenario que vivimos no podemos olvidar a la yihad islámica, una nueva forma de fascismo hasta ahora desconocida (basada en el islam y no en el cristianismo) que sin embargo sigue aumentando su influencia en algunas naciones europeas y sobre todo en África del Norte. El encumbramiento de los yihadistas en países como Egipto podría generar un fuerte "efecto reacción" en Europa, aumentando el miedo y dando al neofascismo el último empujón que necesita.

¿Revivirá la Europa fascista? Mi opinión es que probablemente sí. El fascismo dormía latente y las convulsiones sociales de la crisis lo han despertado. Ahora sólo espera a recuperar fuerzas y encontrar el momento propicio. El fascismo siempre estuvo ahí, pero no podía cristalizar en una Europa desarrollada. Será el subdesarrollo y el hambre quien, por medio del rencor y el odio, volcará Europa hacia los nacionalismos sangrientos y la supresión de las democracias. Creo que esto ocurrirá en un plazo de entre veinte y veinticinco años, cuando los adolescentes de hoy (ya simpatizantes del fascismo) sean personas adultas al frente de la sociedad y la catástrofe económica haya hecho estragos en las naciones comunitarias.

Debo aclarar que es una apreciación personal sobre la cual espero estar equivocado. En cualquier caso es conveniente que los europeos observen detenidamente las señales y estén atentos. Para los que tengan opiniones políticas que puedan juzgarse controvertidas o para quienes no quieran renunciar a sus derechos y libertades fundamentales se aproximan tiempos peligrosos. Mirar por vez enésima a América como último refugio volverá a ser necesario.

imagen: Wikimedia Commons.

25.3.12

El Tratado de Roma, ¿sólo un ejemplo histórico?



Tal día como hoy hace cincuenta y cinco años un grupo de naciones europeas firmaba los Tratados de Roma, acuerdos que ponían en funcionamiento la Comunidad Económica que años después daría lugar a la Unión que actualmente nos arropa. La plataforma More Europe ha querido recordarlo y yo os ofrezco mi pequeño aporte en forma de reflexión.

Creo que el Tratado de Roma sólo puede observarse con motivación comparativa, esto es, para que nos permita mejor entender qué somos ahora, a dónde vamos y cuáles son nuestros problemas.

Ya en la década de 1950 Europa adoleció del que es su principal problema endémico: la estrechez de miras, la falta de audacia, la incapacidad para tomar grandes decisiones. En aquellos años los padres de la patria proponían una unión militar y una unión política que fueron rechazadas; el acuerdo se quedó en lo económico, aunque a día de hoy sigue faltando una cultura monetaria única y una integración fiscal real.

No por ello la perspectiva histórica deja de señalar una realidad terrible: la visible degradación política y cultural de las sociedades europeas en conjunto desde entonces hasta hoy.

En un escenario post-apocalíptico en que Europa salía del peor momento de su historia (la Segunda Guerra Mundial) donde el hambre, las enfermedades y la ausencia total de libertades eran lo corriente en un continente arrasado hasta los cimientos y en cuya mitad oriental aún se incubaban conflictos y se vivía bajo el peso de la tiranía. En este paisaje desolador de destrucción y sufrimiento los padres de la Unión supieron dejar a un lado odios y rencores, olvidar los intereses de sus propios países para unirse en un frente común con un objetivo claro: la paz. Paz que asimismo debería ser la llave para el desarrollo, el bienestar, la libertad y la justicia de todos los europeos.

Resulta lamentable comprobar que la Europa post-nazi produjese una generación con mucha mayor amplitud de miras y visión de futuro que la Europa de las redes sociales. No sólo porque hombres como Monnet, Schuman o Adenauer, no empresarios ni políticos sino estadistas, dejen muy atrás en su cultura política a los mediocres Sarkozy o Merkel, sino también por los ciudadanos comunes.

Es difícil pensar que los europeos de aquella época pretendiesen al realizar los profundos sacrificios que realizaron (cediendo en muchos casos parte de su soberanía y riqueza nacional en virtud del bien común) que hoy nosotros fuésemos a desmantelar pilares fundamentales de nuestra patria como son el Espacio de Libre Circulación o la Carta de los Derechos Fundamentales que cada vez más se ponen en duda en varios países.

Los movimientos populistas que recorren la Unión nos recuerdan, en muchos casos, a aquellas siniestras corrientes de odio y fanatismo más propias de la oscura Europa de los nacionalismos que de las democracias post-Roma.

Esta estrechez de miras de nuestros políticos, incapaces de ver más allá de las elecciones, y este creciente peso de las fuerzas demagógicas en nuestros países, este éxito visible de aquellos que reclaman el regreso a los nacionalismos y el chovinismo egoísta, el recorte de los derechos y libertades europeas en beneficio de los intereses particulares de los gobiernos y los partidos políticos deberían simplemente avergonzarnos.

Por eso es que lanzo mi reflexión sobre este aniversario acompañada por una pregunta: ¿será el Tratado de Roma, dentro de otros cincuenta años, simplemente un ejemplo histórico que otros - que no nosotros - con mejor predisposición y mayor amplitud de miras puedan estudiar para poder imitar? ¿Será el Tratado de Roma sencillamente el enésimo ejemplo de algo que pudo ser y no fue? ¿O será recordado, en cambio, como el inicio de una historia de éxito que culminó con la Europa que los padres fundadores soñaban: un faro de libertad, justicia y democracia que alumbrase a las naciones del mundo entero?

Los últimos acontecimientos nos piden ser optimistas, pero debemos recordar que los primeros pasos de la Unión se dieron entre el humo de las ruinas y la sangre de los asesinatos. Los padres fundadores lo tenían mucho más difícil y no se permitieron flaquear. No nos lo permitamos nosotros.


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El Tratado de Roma en More Europe:



imagen: Wikimedia Commons

28.2.12

Irán y la nula estrategia de la UE

Embajada británica en Teherán. Wikimedia Commons.

El conflicto diplomático con Irán es un caso perfecto para ejemplificar la ineptitud política europea en cuestiones a medio y largo plazo.

Que el régimen islámico disponga de misiles balísticos es ya una amenaza suficiente, pero de estar montados con cabezas nucleares pondría a Europa al borde del abismo.

Ante este tipo de problemática los Estados (o entidades supranacionales como la UE) pueden optar por varias vías de presión. Está descartada la acción militar porque vivimos en el siglo XXI, porque Europa ha elegido - sabiamente - ejercer sobre el mundo una forma de "poder blando" y porque las consecuencias militares, económicas y sociales para la Unión podrían ser desastrosas ante una maquinaria tan potente como la iraní, con varios Estados reaccionarios apoyándoles y con una importante población musulmana viviendo en suelo europeo.

En este contexto sólo queda la vía diplomática - que es la que se está explotando - y aquí es donde se hace patente la ineptitud política y estrechez de miras de nuestros gobernantes. Lo único que puede hacer Europa es, en sintonía con los Estados Unidos, pedir por favor a Irán que desista de armarse con cabezas nucleares y bombardearnos. Si Irán no accede, la Unión puede cortar lazos diplomáticos, intentar aislar internacionalmente a la República Islámica y embargar su petróleo a este lado de Asia Central - como ya se está haciendo -.

Para Irán es fácil llevar la ficha a su tablero porque ante sí tiene a un grupo de veintisiete naciones, occidentales, cristianas, "demonios blancos" que le exigen desistir de sus planes industriales y, encima, le embargan el petróleo y causan problemas económicos que en última instancia sufrirán las clases más débiles.

Si Turquía hubiese accedido a la Unión Europea en su momento, lo cual seguramente ya habría hecho de no ser por el veto germano-francés, podría servir de "punta de lanza" y apoyar - como Estado comunitario - las sanciones de la Unión Europea para obligar a Irán a desistir su actitud. Para Irán explicar a su población que se han enemistado con la nación más potente del Mediterráneo musulmán no sería tan fácil como azuzarla contra la pérfida Europa cristiana.

Para Turquía sería difícil afrontar esta situación porque Irán es un adversario complicado (y religiosamente afín) pero en su calidad de Estado miembro estaría obligada a ello. Ahora Turquía no está en la partida porque no forma parte de la UE y, por supuesto, no va a mojarse en un conflicto diplomático mayúsculo para ponerse junto a unas cuantas naciones cristianas que, encima, le dieron la patada en cuanto pudieron.

En definitiva, si hacia 1995 el Consejo Europeo hubiese tenido visión política a veinte años habría acelerado las gestiones para adherir a Turquía cuanto antes, con el objetivo de tener en un futuro un "elemento de choque" muy potente que le permitiese ser influyente en el mundo musulmán, lidiar conflictos, ganar ventajas económicas o sortear amenazas, y más sabiendo que tarde o temprano tendría dificultades con un espectro de países tan problemático como el que nos ocupa.

En lugar de eso se prefirió, por razones de interés político o para contentar a la extrema derecha, vetar a Turquía y aceptar tácitamente que la Unión se convirtiera en un elemento irrelevante para el mundo musulmán y, en última instancia, exponerse al chantaje de potencias reaccionarias o directamente tener que someterse políticamente a ellas porque alguna cuente con poderío nuclear.

Cualquier gobernante con amplitud de miras o un mínimo de audacia habría sabido ver que esto terminaría por ocurrir, pero en lugar de eso no hicieron nada y ahora no tenemos modo de hacernos respetar en Oriente ni de defendernos diplomáticamente, lo que puede incluso arrastrarnos a afrontar choques armados en los que poco tenemos que ganar en pleno siglo XXI.

9.12.11

¿Qué ha pasado hoy en Bruselas?


Por fin se ha celebrado la cumbre que debía decidir el futuro del euro y, por ende, el de la Unión Europea. Todavía es pronto para hacer valoraciones completas, aunque el Consejo Europeo ya haya emitido sus propias conclusiones. Ha sido una jornada frenética para Europa: se han tomado algunas medidas económicas y se ha firmado la adhesión de Croacia. Pero de lo que más se está hablando, con diferencia, es del Reino Unido.

Antes de nada conviene señalar que la reunión, como siempre, ha quedado en agua de borrajas. Se habló de una Europa a dos velocidades, un núcleo duro o una refundación de la Unión Europea. Pero la realidad tiene menos altura que las palabras y básicamente las conclusiones han sido: más dinero para ayudar a los países con problemas, más dureza con aquellos gobiernos que se endeuden demasiado y una persecución más firme del fraude fiscal - cuyos medios no se han concretado -.El Consejo lo ha resumido así en una declaración:

  • Un nuevo pacto presupuestario y una coordinación reforzada de las políticas económicas.
  • El desarrollo de nuestros instrumentos de estabilización para hacer frente a los desafíos a corto plazo.

Pero no ha habido unión fiscal ni presupuestaria. Los sistemas financieros de la Eurozona seguirán formando un ininteligible, complejo e ineficiente entramado burocrático y legislativo - el mismo que en gran parte nos ha traído hasta aquí -. Pero, ¿qué ha pasado hoy en Bruselas? A grandes rasgos podemos bocetar algunas primeras conclusiones.

Queda patente la hegemonía de Alemania en la Unión Europea. La cumbre ha sido en gran medida un pulso entre Cameron y Merkel - de quien Sarkozy es tan sólo testaferro - y el resultado ha sido claramente favorable a la canciller. La supremacía económica de Berlín ha permitido que se impongan las doctrinas de austeridad que propugnaba; Cameron se ha negado a aceptar la reforma de su industria financiera y, en un gesto sin precedentes, la Unión ha decidido dejar a los ingleses fuera.

Esto ha sido muy criticado y hay quien ya habla de división y ruptura - en el extranjero creen que Europa se resquebraja - pero a priori creo que hay que desdramatizar un poco. Por primera vez en la Unión Europea se han dicho las cosas claras y se ha hablado sin ambigüedades. Le Monde lo explicaba claramente en un artículo que dice:

No hay que lamentarse por lo que ha pasado en Bruselas. Se ha destapado una ambigüidad. En el fondo, a lo británicos, que se incorporaron en 1973 a lo que entonces era la Comunidad Económica Europea, lo único que les interesa es el mercado único. Con respecto al resto del proyecto europeo se muestran indiferentes, cuando no hostiles.

La unión política no es del gusto del Reino Unido, que piensa en "colonización" cuando se habla de integración. Ellos querían poder vender sus productos sin tener dificultades aduaneras y hace tiempo que lo consiguieron; su reticencia a una implicación más profunda con la construcción europea ha puesto en peligro la totalidad del proyecto en innumerables ocasiones.

Es cierto que las relaciones internas de la UE serán más tensas a partir de ahora - ya estaban muy deterioradas -; pero hay que pensar en el aspecto positivo. Reino Unido ha hablado con claridad y Europa también. Por primera vez, los Veintisiete no se han visto bloqueados por la opinión de un único miembro. Esperemos que estos estancamientos intolerables, gracias a la aclaración de posiciones vista hoy, se terminen para siempre. El acuerdo al que se ha llegado es insuficiente, pero al menos ha habido un acuerdo.

La Unión está siendo dirigida desde los Estados miembros, y desde un gobierno nacional más concretamente. Precisamente el excesivo poder de una nación sobre las demás era una de las cosas que querían evitar los padres fundadores de la Unión Europea. Esto no está bien; la Unión debería basarse en la igualdad y, sobre todo, no convertir en dogmas lo que realmente son políticas económicas susceptibles de ser revisadas. No se ha cuestionado en absoluto el - a menudo inflexible - mercado laboral, ni la rígida legislación empresarial, ni el mantra de la inflación, ni ninguno de los inflexibles - y equivocados - valores fiscales y presupuestarios de la Europa tradicional.

Pero ha sido puesta de manifiesto, especialmente, la incapacidad de los líderes europeos para estar a la altura de las circunstancias. Son necesarias no sólo decisiones audaces, sino históricas. El mundo entero se verá afectado por lo que Europa decida hoy y ellos se muestran incapaces; es por eso que debemos cambiarlos. ¿Cómo podemos nosotros, ciudadanos, influir en este proceso? Lo extenderemos, junto a todos los temas tratados hoy, en próximas entradas; me temo que vamos a tener mucho de qué preocuparnos.

imagen: Sebastian Zwez.

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