Hace pocos días el profesor Ibrahim Awad, de la Universidad Americana de El Cairo, expuso en un congreso la posibilidad de que la inmigración a Europa termine en unos quince años. Se basa en la demografía y la evolución del paro en los países del norte de África.
Todos hemos podido apreciar una conmoción en la migración dentro de la Unión Europea. Es un hecho, por ejemplo, que España estaba hace dos años absolutamente repleta de trabajadores rumanos y hoy en día han desaparecido. Algo que puede decirse también de ecuatorianos, marroquíes y gentes de todas las naciones; si bien aún quedan bastantes, muchos de ellos se han ido.
El detonante de este éxodo de vuelta a casa ha sido el paro desenfrenado. Gente que vino para trabajar no tiene razón para estar aquí si no hay ocupaciones. Algo que ha podido apreciarse, sobre todo, en los países con índice de desempleo más elevado.
Yo digo que es precisamente el momento de aprovechar. ¿Para qué? La inmigración masiva de los últimos años trajo consigo numerosos problemas: conflictos sociales, étnicos y religiosos; saturación del mercado de trabajo y de los servicios públicos; difusión de los populismos radicales tanto entre la población nativa como la inmigrante. Algunos ejemplos concretos los hallamos en los repetidos casos de violencia en España - sobre todo en el litoral mediterráneo - la escabrosa deportación masiva ejecutada por Sarkozi en Francia o el auge de la ultraderecha racista en el Reino Unido.
Los líderes europeos conservadores se aprestan a decir que el multiculturalismo es una amenaza; mientras tanto, la izquierda sigue diciendo que todo inmigrante es bueno y que la culpa de los problemas es siempre de los nativos. Tan erróneo es pensar que cualquier extranjero es una amenaza como pretender que esto es Jauja. Hay que aprovechar este breve espacio en blanco, este paréntesis migrante, para replantearse las cosas.
Antes decía que la inmigración en masa provocó problemas. Cierto: pero también ofreció muchas oportunidades. La mayoría de ellas, perdidas. La Unión necesita de otras culturas; es así y así ha sido siempre. Podríamos profundizar más en otra ocasión, pero ahora baste recordar cómo se enriquecieron la civilización clásica o las potencias coloniales del Renacimiento con el sincretismo y el mestizaje. De ahí es de donde Europa ha sacado siempre su impulso para reinventarse, crecer y aportar cosas nuevas al mundo.
Ahora nuestro principal problema a nivel demográfico es el envejecimiento. En estos días muchos ciudadanos se preguntan en las redes sociales por qué no se producen en la Unión Europea andanadas civiles similares a la revolución egipcia. Por supuesto podríamos comparar la situación que ellos tenían con la que disfrutamos nosotros; pero otra buena respuesta sería que un tercio de la población de Egipto tiene menos de veinticuatro años mientras que un 40% de los ciudadanos europeos están entre veinticinco y cincuenta. No hace falta explicar la naturaleza de la diferencia.
Lo que da vida a las ciudades y las regiones, lo que crea movimiento, actividad, en definitiva lo que hace respirar al mundo es nuestra presencia: la de los jóvenes. Cada cual tiene su función y la nuestra es mantener las sociedades despiertas, alerta, preparadas para dar un paso y saltar al siguiente escalón. Y esto no ocurre ahora mismo en la Unión Europea.
No se trata ya de pensar en las pensiones de mañana - que también - sino de algo mucho más profundo. Se trata de que sobreviva Europa. Tenemos en todos los países una generación política que lleva monopolizando Gobiernos y partidos por treinta años; pero es que poco recambio ha venido a sucederles. Todos los sectores industriales, empresariales, artísticos o económicos están ocupados por cortes de edad cada vez más envejecidos. Hay más hombres maduros que jóvenes y pronto habrá más ancianos renqueantes que hombres maduros. Y así sigue dando la vuelta esta pirámide cada vez más invertida.
Hace falta una nueva Europa. Y esta Europa sólo puede surgir si la apoya la inmigración porque, asumámoslo, la natalidad nativa no se va a revertir para reponer la demografía por arte de magia. Es ahí donde hay que aprovechar los efectos que, en algunos Estados, ha tenido la crisis.
Ahora se trata de crear una política de inmigración común. Una verdadera política común; y esto no significa que el Consejo se reúna y diga que estudiará esto y lo otro. Significa que se traspasen a la Comisión las competencias pertinentes y que haya lo antes posible una legislación comunitaria rigiendo para todos los países. Una normativa sensata y productiva.
No la fortaleza Europa que algunos pretenden, temiendo y odiando al que viene de fuera. Tampoco el todo vale del racismo encubierto que considera bueno y válido a todo el mundo, venga a integrarse o a delinquir. Simplemente valorar qué necesitamos de ellos y qué podemos nosotros aportarles. Estudiar qué ofertas de trabajo hay y qué se necesita para acceder a ellas, en qué condiciones. Qué partes de nuestro sistema social deben acatar sin reservas y cuáles de sus realidades podemos nosotros sincretizar.
Hay que aprovechar el momento porque, cuando las últimas naciones empiecen a salir de la crisis, se repetirá la oleada. Entonces será demasiado tarde, el caos habrá eclosionado de nuevo y habrá demasiado ruido como para ponerse a trabajar y reflexionar.
Debemos también ser prestos a ello atendiendo a los últimos hechos en el Magreb y Oriente Próximo. Egipto tiene ochenta y tres millones de habitantes, lo que la coloca algo por encima de Alemania - país más poblado de la Unión Europea - y muy por delante de Turquía - candidato a la adhesión -. Egipto que acaba de derribar a un régimen tirano.
Es preciso plantearse cómo responderemos a los países del norte de África cuando todos estén funcionando como economías de mercado. Cuando nos hallemos frente a una nación de ochenta millones de habitantes organizados en una sociedad liberalizada y, más adelante, industrializada y productiva. ¿Cómo competiremos, sin jóvenes? Y cuando esto ocurra, ¿seguiremos siendo el referente cultural del Mediterráneo?
Todos hemos podido apreciar una conmoción en la migración dentro de la Unión Europea. Es un hecho, por ejemplo, que España estaba hace dos años absolutamente repleta de trabajadores rumanos y hoy en día han desaparecido. Algo que puede decirse también de ecuatorianos, marroquíes y gentes de todas las naciones; si bien aún quedan bastantes, muchos de ellos se han ido.
El detonante de este éxodo de vuelta a casa ha sido el paro desenfrenado. Gente que vino para trabajar no tiene razón para estar aquí si no hay ocupaciones. Algo que ha podido apreciarse, sobre todo, en los países con índice de desempleo más elevado.
Yo digo que es precisamente el momento de aprovechar. ¿Para qué? La inmigración masiva de los últimos años trajo consigo numerosos problemas: conflictos sociales, étnicos y religiosos; saturación del mercado de trabajo y de los servicios públicos; difusión de los populismos radicales tanto entre la población nativa como la inmigrante. Algunos ejemplos concretos los hallamos en los repetidos casos de violencia en España - sobre todo en el litoral mediterráneo - la escabrosa deportación masiva ejecutada por Sarkozi en Francia o el auge de la ultraderecha racista en el Reino Unido.
Los líderes europeos conservadores se aprestan a decir que el multiculturalismo es una amenaza; mientras tanto, la izquierda sigue diciendo que todo inmigrante es bueno y que la culpa de los problemas es siempre de los nativos. Tan erróneo es pensar que cualquier extranjero es una amenaza como pretender que esto es Jauja. Hay que aprovechar este breve espacio en blanco, este paréntesis migrante, para replantearse las cosas.
Antes decía que la inmigración en masa provocó problemas. Cierto: pero también ofreció muchas oportunidades. La mayoría de ellas, perdidas. La Unión necesita de otras culturas; es así y así ha sido siempre. Podríamos profundizar más en otra ocasión, pero ahora baste recordar cómo se enriquecieron la civilización clásica o las potencias coloniales del Renacimiento con el sincretismo y el mestizaje. De ahí es de donde Europa ha sacado siempre su impulso para reinventarse, crecer y aportar cosas nuevas al mundo.
Ahora nuestro principal problema a nivel demográfico es el envejecimiento. En estos días muchos ciudadanos se preguntan en las redes sociales por qué no se producen en la Unión Europea andanadas civiles similares a la revolución egipcia. Por supuesto podríamos comparar la situación que ellos tenían con la que disfrutamos nosotros; pero otra buena respuesta sería que un tercio de la población de Egipto tiene menos de veinticuatro años mientras que un 40% de los ciudadanos europeos están entre veinticinco y cincuenta. No hace falta explicar la naturaleza de la diferencia.
Lo que da vida a las ciudades y las regiones, lo que crea movimiento, actividad, en definitiva lo que hace respirar al mundo es nuestra presencia: la de los jóvenes. Cada cual tiene su función y la nuestra es mantener las sociedades despiertas, alerta, preparadas para dar un paso y saltar al siguiente escalón. Y esto no ocurre ahora mismo en la Unión Europea.
No se trata ya de pensar en las pensiones de mañana - que también - sino de algo mucho más profundo. Se trata de que sobreviva Europa. Tenemos en todos los países una generación política que lleva monopolizando Gobiernos y partidos por treinta años; pero es que poco recambio ha venido a sucederles. Todos los sectores industriales, empresariales, artísticos o económicos están ocupados por cortes de edad cada vez más envejecidos. Hay más hombres maduros que jóvenes y pronto habrá más ancianos renqueantes que hombres maduros. Y así sigue dando la vuelta esta pirámide cada vez más invertida.
Hace falta una nueva Europa. Y esta Europa sólo puede surgir si la apoya la inmigración porque, asumámoslo, la natalidad nativa no se va a revertir para reponer la demografía por arte de magia. Es ahí donde hay que aprovechar los efectos que, en algunos Estados, ha tenido la crisis.
Ahora se trata de crear una política de inmigración común. Una verdadera política común; y esto no significa que el Consejo se reúna y diga que estudiará esto y lo otro. Significa que se traspasen a la Comisión las competencias pertinentes y que haya lo antes posible una legislación comunitaria rigiendo para todos los países. Una normativa sensata y productiva.
No la fortaleza Europa que algunos pretenden, temiendo y odiando al que viene de fuera. Tampoco el todo vale del racismo encubierto que considera bueno y válido a todo el mundo, venga a integrarse o a delinquir. Simplemente valorar qué necesitamos de ellos y qué podemos nosotros aportarles. Estudiar qué ofertas de trabajo hay y qué se necesita para acceder a ellas, en qué condiciones. Qué partes de nuestro sistema social deben acatar sin reservas y cuáles de sus realidades podemos nosotros sincretizar.
Hay que aprovechar el momento porque, cuando las últimas naciones empiecen a salir de la crisis, se repetirá la oleada. Entonces será demasiado tarde, el caos habrá eclosionado de nuevo y habrá demasiado ruido como para ponerse a trabajar y reflexionar.
Debemos también ser prestos a ello atendiendo a los últimos hechos en el Magreb y Oriente Próximo. Egipto tiene ochenta y tres millones de habitantes, lo que la coloca algo por encima de Alemania - país más poblado de la Unión Europea - y muy por delante de Turquía - candidato a la adhesión -. Egipto que acaba de derribar a un régimen tirano.
Es preciso plantearse cómo responderemos a los países del norte de África cuando todos estén funcionando como economías de mercado. Cuando nos hallemos frente a una nación de ochenta millones de habitantes organizados en una sociedad liberalizada y, más adelante, industrializada y productiva. ¿Cómo competiremos, sin jóvenes? Y cuando esto ocurra, ¿seguiremos siendo el referente cultural del Mediterráneo?
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