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| Kevin Hutchinson |
Esta semana ha sido intensa en informaciones sobre Turquía, siendo posiblemente la más controvertida la de las penosas declaraciones de Egemen Bağış, ministro turco de Asuntos Europeos, comparando la actitud de algunos gobiernos de la Unión con los métodos fascistas de los años 30.
A mí personalmente todas las comparaciones entre Estados democráticos y potencias totalitarias me parecen una chorrada y una exageración que sólo pretende levantar polémica - y más en casos como éste -. Pero no es casualidad que el señor Bağış elija este momento para utilizar esas palabras, y que lo haga precisamente en un acto conmemorativo por las víctimas del Holocausto en Auschwitz, justo en suelo alemán bajo la presidencia del Gobierno que - junto al francés - más se opone a la entrada de Turquía en la Unión Europea.
El Gobierno turco está explotando o intentando aprovechar el impulso que le han dado las revoluciones en Túnez y Egipto. La única democracia consolidada del mundo musulmán ha ocupado de forma natural la posición que se le presumía en semejante teatro de acontecimientos; lo cierto es que está interpretando en todo lo norteafricano un papel mucho más a tener en cuenta que el de cualquier Estado comunitario y, en base a ello, las declaraciones del ministro no son sino una demostración de fuerza.
Turquía se está esforzando en hacer ver a la UE que no la necesita. Hace unos días el presidente turco, Abdullah Gül, dijo a Le Figaro en una entrevista que "el mundo no se acaba en la Unión Europea". Y lejos de contentarse con este desprecio añadió que "si las negociaciones acaban con éxito, los países como Francia celebrarán un referéndum. Si los pueblos dicen no, nosotros respetaremos su decisión". Abrir esa puerta es lo mismo que decir que no piensan acceder y que además no les importa. Pero para terminar de lanzar su mensaje Gül sugiere que "luego, como en Noruega, puede ser que la opinión pública turca diga que no quiere ser parte de esta Unión". La declaración es clara: no os necesitamos, si nos rechazáis nos da igual.
Gül dice esto porque su posición actual se lo permite. Resulta significativo que el presidente Obama llamase precisamente a Erdoğan - y no es la primera vez - para tratar la crisis egipcia mientras la opinión de Ashton no le importa a nadie y Van Rompuy ni está ni se le espera.
Es curioso cómo Francia se ha hecho sorda y muda ante lo ocurrido en Túnez dejando solo al Reino Unido a la hora de intervenir - como corresponde a una ex-metrópoli -; esto convierte a Turquía, potencia mediterránea y democracia musulmana real, en virtual referente europeo, junto a Inglaterra, dentro del conflicto.
Pero quizá Turquía no tiene una posición tan dominante como cree o quiere hacer creer. Hace poco Amanda Paul, del European Policy Centre, sugería en un artículo que toda la retórica gubernamental turca de desprecio y desaire a la Unión Europea responde sólo a intereses electoralistas; ellos necesitan a Europa desesperadamente pero tienen que hacer ver a su electorado que su economía y su posición internacional es lo bastante fuerte como para desdeñarnos.
La situación real de Turquía es ésta: el 56% de sus exportaciones son a la Unión Europea y el 40% de sus importaciones proceden de ella; por si fuera poco al menos dos tercios de la Inversión Extranjera Directa en la república anatolia, con 9000 millones de euros, vienen de la Unión y representan un 3'5% de su Producto Interior Bruto. Esto por no hablar de los innumerables tratados que ya tiene firmados con Bruselas - y que rigen y afectan a su economía por mucho que sus gobernantes quisieran desdecirse de ellos por intereses propagandísticos -.
La situación es terriblemente delicada. Turquía necesita a Europa urgentemente pero la necesidad es mutua; la economía turca creció el año pasado seis veces más que la media de la Unión y su deuda y su déficit son bastante más reducidos - aunque habría que matizar qué parte de su déficit es menor gracias a las carencias en políticas sociales -; todo sin olvidar que tienen una inflación altísima, aunque su tasa de desempleo es similar. Pero estas deficiencias no desmerecen una economía fuerte y en expansión que nosotros necesitamos; ello por no mencionar la conveniencia de incluir una población joven con una enorme fuerza de trabajo que supondría un impacto positivo sobre una demografía europea que tiende al envejecimiento general.
Turquía y Europa se siguen necesitando sobre todo por una cuestión cultural y política. Un comentario reciente del EPC lo resume diciendo que la adhesión hará a la Unión Europea "no sólo más grande, sino política y económicamente más fuerte. La UE es más fuerte con Turquía en ella, especialmente en un momento en que el balance global de poder está cambiando".
Al Gobierno de Turquía también le convendría revisar todos estos elementos antes de excederse en su política de arrogancia. Puedo entender que el pueblo turco se sienta humillado por la larga espera - y más viendo cómo otros países menos preparados, caso de Croacia, se le adelantan en este proceso -; pero por muy fuertes que se sientan con su ascendente economía, su demografía y su creciente peso internacional, deberían comprender que son parte de Europa. Parte de Europa y, por tanto, sujetos irremisiblemente a los vaivenes económicos o sociales del continente; obviar esto y separarse de su región natural sólo les serviría para una cosa: convertirse en un satélite más en la órbita de Irán.
Pero el protagonismo turco en la información sobre las revueltas, las declaraciones de unos líderes y otros y toda la cascada de opiniones que pueden leerse por la red apuntan a una cosa: nos acercamos a un punto de inflexión - si es que no ha llegado ya -. La situación es frágil y parece a punto de romperse - veremos si es una ruptura positiva o desastrosa -. Amanda Paul, en su artículo, supedita todo a la resolución de la cuestión chipriota. ¿Puede ser que las escenificaciones de los últimos días respondan sólo a un pronto desenlace del conflicto? Personalmente no tengo ni idea.
Sólo tengo clara una cosa: Turquía y Europa se necesitan desesperadamente. Y también creo que este año será decisivo en las relaciones y que veremos más claro el horizonte de todo este proceso. De cómo actúe cada parte y de las decisiones que se tomen resultará nuestro destino. Está por ver si los líderes de la Unión Europea y los de la república anatolia son recordados como grandes estadistas con visión de futuro o como tontos históricos que prefirieron el desastre a aprovechar una oportunidad sin precedentes.
A mí personalmente todas las comparaciones entre Estados democráticos y potencias totalitarias me parecen una chorrada y una exageración que sólo pretende levantar polémica - y más en casos como éste -. Pero no es casualidad que el señor Bağış elija este momento para utilizar esas palabras, y que lo haga precisamente en un acto conmemorativo por las víctimas del Holocausto en Auschwitz, justo en suelo alemán bajo la presidencia del Gobierno que - junto al francés - más se opone a la entrada de Turquía en la Unión Europea.
El Gobierno turco está explotando o intentando aprovechar el impulso que le han dado las revoluciones en Túnez y Egipto. La única democracia consolidada del mundo musulmán ha ocupado de forma natural la posición que se le presumía en semejante teatro de acontecimientos; lo cierto es que está interpretando en todo lo norteafricano un papel mucho más a tener en cuenta que el de cualquier Estado comunitario y, en base a ello, las declaraciones del ministro no son sino una demostración de fuerza.
Turquía se está esforzando en hacer ver a la UE que no la necesita. Hace unos días el presidente turco, Abdullah Gül, dijo a Le Figaro en una entrevista que "el mundo no se acaba en la Unión Europea". Y lejos de contentarse con este desprecio añadió que "si las negociaciones acaban con éxito, los países como Francia celebrarán un referéndum. Si los pueblos dicen no, nosotros respetaremos su decisión". Abrir esa puerta es lo mismo que decir que no piensan acceder y que además no les importa. Pero para terminar de lanzar su mensaje Gül sugiere que "luego, como en Noruega, puede ser que la opinión pública turca diga que no quiere ser parte de esta Unión". La declaración es clara: no os necesitamos, si nos rechazáis nos da igual.
Gül dice esto porque su posición actual se lo permite. Resulta significativo que el presidente Obama llamase precisamente a Erdoğan - y no es la primera vez - para tratar la crisis egipcia mientras la opinión de Ashton no le importa a nadie y Van Rompuy ni está ni se le espera.
Es curioso cómo Francia se ha hecho sorda y muda ante lo ocurrido en Túnez dejando solo al Reino Unido a la hora de intervenir - como corresponde a una ex-metrópoli -; esto convierte a Turquía, potencia mediterránea y democracia musulmana real, en virtual referente europeo, junto a Inglaterra, dentro del conflicto.
Pero quizá Turquía no tiene una posición tan dominante como cree o quiere hacer creer. Hace poco Amanda Paul, del European Policy Centre, sugería en un artículo que toda la retórica gubernamental turca de desprecio y desaire a la Unión Europea responde sólo a intereses electoralistas; ellos necesitan a Europa desesperadamente pero tienen que hacer ver a su electorado que su economía y su posición internacional es lo bastante fuerte como para desdeñarnos.
La situación real de Turquía es ésta: el 56% de sus exportaciones son a la Unión Europea y el 40% de sus importaciones proceden de ella; por si fuera poco al menos dos tercios de la Inversión Extranjera Directa en la república anatolia, con 9000 millones de euros, vienen de la Unión y representan un 3'5% de su Producto Interior Bruto. Esto por no hablar de los innumerables tratados que ya tiene firmados con Bruselas - y que rigen y afectan a su economía por mucho que sus gobernantes quisieran desdecirse de ellos por intereses propagandísticos -.
La situación es terriblemente delicada. Turquía necesita a Europa urgentemente pero la necesidad es mutua; la economía turca creció el año pasado seis veces más que la media de la Unión y su deuda y su déficit son bastante más reducidos - aunque habría que matizar qué parte de su déficit es menor gracias a las carencias en políticas sociales -; todo sin olvidar que tienen una inflación altísima, aunque su tasa de desempleo es similar. Pero estas deficiencias no desmerecen una economía fuerte y en expansión que nosotros necesitamos; ello por no mencionar la conveniencia de incluir una población joven con una enorme fuerza de trabajo que supondría un impacto positivo sobre una demografía europea que tiende al envejecimiento general.
Turquía y Europa se siguen necesitando sobre todo por una cuestión cultural y política. Un comentario reciente del EPC lo resume diciendo que la adhesión hará a la Unión Europea "no sólo más grande, sino política y económicamente más fuerte. La UE es más fuerte con Turquía en ella, especialmente en un momento en que el balance global de poder está cambiando".
Al Gobierno de Turquía también le convendría revisar todos estos elementos antes de excederse en su política de arrogancia. Puedo entender que el pueblo turco se sienta humillado por la larga espera - y más viendo cómo otros países menos preparados, caso de Croacia, se le adelantan en este proceso -; pero por muy fuertes que se sientan con su ascendente economía, su demografía y su creciente peso internacional, deberían comprender que son parte de Europa. Parte de Europa y, por tanto, sujetos irremisiblemente a los vaivenes económicos o sociales del continente; obviar esto y separarse de su región natural sólo les serviría para una cosa: convertirse en un satélite más en la órbita de Irán.
Pero el protagonismo turco en la información sobre las revueltas, las declaraciones de unos líderes y otros y toda la cascada de opiniones que pueden leerse por la red apuntan a una cosa: nos acercamos a un punto de inflexión - si es que no ha llegado ya -. La situación es frágil y parece a punto de romperse - veremos si es una ruptura positiva o desastrosa -. Amanda Paul, en su artículo, supedita todo a la resolución de la cuestión chipriota. ¿Puede ser que las escenificaciones de los últimos días respondan sólo a un pronto desenlace del conflicto? Personalmente no tengo ni idea.
Sólo tengo clara una cosa: Turquía y Europa se necesitan desesperadamente. Y también creo que este año será decisivo en las relaciones y que veremos más claro el horizonte de todo este proceso. De cómo actúe cada parte y de las decisiones que se tomen resultará nuestro destino. Está por ver si los líderes de la Unión Europea y los de la república anatolia son recordados como grandes estadistas con visión de futuro o como tontos históricos que prefirieron el desastre a aprovechar una oportunidad sin precedentes.

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