En estos días en que muchos españoles empiezan a preguntarse si realmente es tan bueno formar parte de la Unión Europea y, sobre todo, del euro, creo que es necesario explicar que sí lo es y hacerlo con un ejemplo sencillo y comprensible. Podríamos hablar de todas las obras públicas que con los fondos de cohesión se financiaron en los 80, pero intentaré ser más pragmático y hablar de algo más cercano.
Bien, utilicemos la imaginación. Yo, Javier Solera, ciudadano europeo, consigo un crédito algo modesto pero suficiente para abrir una pequeña empresa. Es un negocio de serigrafía industrial que vende a través de internet. Como no necesito intermediarios puedo empezar yo solo con un taller en Toledo; es una ciudad mediana, con precios de alquiler bastante razonables y cercana a Madrid.
Al cabo de un año resulta que mi empresa ha ido bastante bien. Gracias a la ausencia de intermediarios - mi contacto con los clientes es a través de la red - he abaratado costes y he reunido suficiente dinero como para pagar mis deudas iniciales y ampliar un poco el negocio. Decido tirarme a la piscina y empezar a vender en Europa.
Para ello alquilo una nave en Pamplona a la que doto con dos trabajadores que se ocupan de la serigrafía. Además, contrato un transportista que conducirá una furgoneta comprada al efecto. Pamplona es una ciudad cercana a Francia, motivo por el cual la he elegido como base de operaciones.
Gracias a internet puedo ponerme en contacto con los potenciales clientes franceses, al tiempo que compro espacios publicitarios en Google France. Al poco tiempo algunos empresarios del país vecino requieren mis servicios. Es en ese momento que envío a mi transportista a Francia para despachar algunos encargos.
Mi transportista toma la carretera entre Pamplona y Baigorri. Baigorri ya está en Francia, pero él no ha tenido que parar la furgoneta ni un segundo ni tampoco ha pagado ninguna suma por cruzar de un Estado al otro. Simplemente ha conducido hasta llegar a la primera localidad gala.
Desde Baigorri mi empleado se dirige a Saint-Étienne, en cuyo polígono industrial debe despachar el primer pedido. Una vez allí localiza la dirección y realiza la entrega. El cliente se queda con nuestro producto y nos paga. Nos paga en euros, con lo cual mi transportista no se ve obligado a pasar por banco alguno a efectuar un farragoso cambio de moneda. Incluso, antes de volver, se almuerza un cruasán y un café con leche que paga con el dinero que lleva en el bolsillo.
Finalmente el transportista regresa a Pamplona, se persona en la nave que mi empresa tiene allí y deja el dinero del cobro junto a las facturas en la caja registradora. Yo he ganado una suma a la que no he tenido que restarle tasas aduaneras y para la obtención de la cual no me ha sido necesario realizar cambios monetarios.
Es el mismo escenario que el anterior trasladado a Mendoza, Argentina. Yo, Javier Solera, ciudadano europeo emigrado al país austral, abro una pequeña empresa de serigrafía. Al cabo de un año mi negocio marcha bastante bien y decido ampliar mis actividades al país vecino, Chile.
Pero en esta ocasión la operación no es tan sencilla. Como hiciera en Europa, contrato a un transportista y compro una furgoneta. Para ponerme en contacto con mis clientes chilenos utilizo Google Chile y su publicidad. Hasta ahí bien. Pero, ¿qué ocurre cuando mi empleado tiene que despachar el primer pedido?
Bien, la misión consiste en recorrer la distancia entre Mendoza y Colina, cerca de Santiago. Esto no parece difícil por sí mismo, pero sí lo es teniendo en cuenta que para conseguirlo, el conductor tendrá que cumplir los requisitos siguientes:
Una vez en Chile, los pasos a seguir serán estos:
A todo lo anteriormente mencionado hay que añadir el hecho de que nuestros clientes nos pagarán en pesos chilenos, los cuales deberemos cambiar en el banco por pesos argentinos.
Todo ello debe servir a muchos europeos para darse cuenta de que formar parte de la Unión no es una idea tan mala. Menos aún teniendo en cuenta los beneficios en un plano que ahora nos preocupa a todos: el económico. La ciudadanía europea permite la libre circulación de personas y mercancías en todos los Estados constituyentes del espacio Schengen.
La pertenencia al euro, además, permite la realización de transacciones comerciales en diecisiete países sin necesidad de cambiar la moneda. Hay que notar que, culturalmente, América Latina lo tiene mucho más fácil para los negocios transacionales que la Unión Europea, ya que en ésta se hablan más de veinte idiomas mientras que los latinoamericanos pueden entenderse básicamente en dos - español y portugués -.
Sin embargo, las trabas aduaneras, las diferencias monetarias y la escasa integración legislativa supone un lastre para la expansión de sus empresas, especialmente las más pequeñas. Una buena comparación para comprender hasta qué punto es útil económicamente formar parte de la Unión Europea. Lo podemos ver en cosas sencillas pero muy importantes y que, desgraciadamente, muchos olvidan demasiado a menudo.
Bien, utilicemos la imaginación. Yo, Javier Solera, ciudadano europeo, consigo un crédito algo modesto pero suficiente para abrir una pequeña empresa. Es un negocio de serigrafía industrial que vende a través de internet. Como no necesito intermediarios puedo empezar yo solo con un taller en Toledo; es una ciudad mediana, con precios de alquiler bastante razonables y cercana a Madrid.
Caso europeo.
Al cabo de un año resulta que mi empresa ha ido bastante bien. Gracias a la ausencia de intermediarios - mi contacto con los clientes es a través de la red - he abaratado costes y he reunido suficiente dinero como para pagar mis deudas iniciales y ampliar un poco el negocio. Decido tirarme a la piscina y empezar a vender en Europa.
Para ello alquilo una nave en Pamplona a la que doto con dos trabajadores que se ocupan de la serigrafía. Además, contrato un transportista que conducirá una furgoneta comprada al efecto. Pamplona es una ciudad cercana a Francia, motivo por el cual la he elegido como base de operaciones.
Gracias a internet puedo ponerme en contacto con los potenciales clientes franceses, al tiempo que compro espacios publicitarios en Google France. Al poco tiempo algunos empresarios del país vecino requieren mis servicios. Es en ese momento que envío a mi transportista a Francia para despachar algunos encargos.
Mi transportista toma la carretera entre Pamplona y Baigorri. Baigorri ya está en Francia, pero él no ha tenido que parar la furgoneta ni un segundo ni tampoco ha pagado ninguna suma por cruzar de un Estado al otro. Simplemente ha conducido hasta llegar a la primera localidad gala.
Desde Baigorri mi empleado se dirige a Saint-Étienne, en cuyo polígono industrial debe despachar el primer pedido. Una vez allí localiza la dirección y realiza la entrega. El cliente se queda con nuestro producto y nos paga. Nos paga en euros, con lo cual mi transportista no se ve obligado a pasar por banco alguno a efectuar un farragoso cambio de moneda. Incluso, antes de volver, se almuerza un cruasán y un café con leche que paga con el dinero que lleva en el bolsillo.
Finalmente el transportista regresa a Pamplona, se persona en la nave que mi empresa tiene allí y deja el dinero del cobro junto a las facturas en la caja registradora. Yo he ganado una suma a la que no he tenido que restarle tasas aduaneras y para la obtención de la cual no me ha sido necesario realizar cambios monetarios.
Caso latinoamericano.
Es el mismo escenario que el anterior trasladado a Mendoza, Argentina. Yo, Javier Solera, ciudadano europeo emigrado al país austral, abro una pequeña empresa de serigrafía. Al cabo de un año mi negocio marcha bastante bien y decido ampliar mis actividades al país vecino, Chile.
Pero en esta ocasión la operación no es tan sencilla. Como hiciera en Europa, contrato a un transportista y compro una furgoneta. Para ponerme en contacto con mis clientes chilenos utilizo Google Chile y su publicidad. Hasta ahí bien. Pero, ¿qué ocurre cuando mi empleado tiene que despachar el primer pedido?
Bien, la misión consiste en recorrer la distancia entre Mendoza y Colina, cerca de Santiago. Esto no parece difícil por sí mismo, pero sí lo es teniendo en cuenta que para conseguirlo, el conductor tendrá que cumplir los requisitos siguientes:
- Llevar la documentación.
- Llevar una autorización notarial del propietario del vehículo (es decir: yo) para cruzar la frontera.
- Llevar el grabado de la patente en las lunas del vehículo, para lo que hay que abonar un arancel de siete euros.
Una vez en Chile, los pasos a seguir serán estos:
- Control de los documentos personales por la Policía Internacional chilena.
- Control de la documentación del vehículo por los Carabineros de la República de Chile.
- Desinfección del vehículo por el Servicio de Agricultura y Ganadería - para prevenir infecciones al ser una furgoneta procedente del extranjero -.
- Declarar toda mercancía. Las mercancias que presuman fines lucrativos están sujetas a impuestos. Puesto que vamos a Chile para entregar un pedido debemos tributar.
- Dado que el acceso de nuestro transportista a Chile es puntual, deberá tributar según la Tasa de Admisión Temporal. Dicha tasa varía según el tiempo que vaya a pasar el conductor en Chile, pero las mercancías deben tributar independientemente del lugar y el uso al que vayan destinadas dentro del territorio chileno.
A todo lo anteriormente mencionado hay que añadir el hecho de que nuestros clientes nos pagarán en pesos chilenos, los cuales deberemos cambiar en el banco por pesos argentinos.
Todo ello debe servir a muchos europeos para darse cuenta de que formar parte de la Unión no es una idea tan mala. Menos aún teniendo en cuenta los beneficios en un plano que ahora nos preocupa a todos: el económico. La ciudadanía europea permite la libre circulación de personas y mercancías en todos los Estados constituyentes del espacio Schengen.
La pertenencia al euro, además, permite la realización de transacciones comerciales en diecisiete países sin necesidad de cambiar la moneda. Hay que notar que, culturalmente, América Latina lo tiene mucho más fácil para los negocios transacionales que la Unión Europea, ya que en ésta se hablan más de veinte idiomas mientras que los latinoamericanos pueden entenderse básicamente en dos - español y portugués -.
Sin embargo, las trabas aduaneras, las diferencias monetarias y la escasa integración legislativa supone un lastre para la expansión de sus empresas, especialmente las más pequeñas. Una buena comparación para comprender hasta qué punto es útil económicamente formar parte de la Unión Europea. Lo podemos ver en cosas sencillas pero muy importantes y que, desgraciadamente, muchos olvidan demasiado a menudo.



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