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| EBC |
Los últimos diez años han conocido numerosos cambios en América Latina, que incluyen la mejora de las garantías democráticas y el nivel de vida de algunas naciones, entre las que destacan muy especialmente Brasil y Chile.
La estabilización de estos países, que han pasado de ser Estados intervenidos por el FMI a cada vez más válidas potencias económicas, no ha sido ajena a las viejas pretensiones latinoamericanas de integración. Con una población de ciento noventa millones de habitantes y un superávit de 7.900 millones de euros - superando ya a España como potencia -, está claro que Brasil jugará, en un hipotético proceso de construcción sudamericana, el papel catalizador e impulsor que Alemania interpretó para la cohesión europea.
Uno de los líderes que más partidario se ha mostrado de la integración es el ex-presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. En el documental de Oliver Stone Al sur de la frontera, Lula dijo soñar con "una estructura de moneda única en América del Sur, tener un Parlamento de América del Sur y unas instituciones políticas de América del Sur". Básicamente, lo que Lula sueña es una versión latinoamericana de la Unión Europea.
Lula y otros políticos sudamericanos muestran la visión de futuro y responsabilidad histórica que caracterizó a varios líderes europeos del pasado, como Helmut Kohl. Porque este proceso no se reduce a una mera declaración de intenciones.
Ya ha habido avances en el sentido que apuntaba el ex-presidente de Brasil; se está poniendo en marcha la integración de los mercados financieros andinos o la creación de una zona de libre comercio entre seis naciones. La acción más ambiciosa es el planteamiento de un espacio de libre circulación entre Argentina y Chile. Es posible que, si los Estados de América Latina logran terminar con el narcotráfico, podamos hablar algún día de un "espacio Schengen" sudamericano.
Todo este proceso, que presumiblemente se intensificará en el futuro, no es algo a lo que Europa deba mirar desde fuera como cosa lejana del otro lado del mar. Debe ser considerado, de hecho, un asunto europeo prioritario. Esto es así por muchos motivos.
El papel de las metrópolis. España y Portugal y, en menor medida Países Bajos, Reino Unido y Francia son responsables directos de la historia y, por tanto, el idioma y la cultura de América Latina. Por eso no pueden considerarse ajenos a los hechos que ocurran allí en el siglo XXI. Deben implicarse a fondo en el proceso de construcción sudamericano, y debe ser una implicación económica y política. Madrid debería ser considerada la capital de la Hispanidad por motivos prácticos, no sólo sentimentales.
Una necesidad económica. Brasil será con toda certeza una de las mayores potencias económicas del mundo en el presente siglo. Es probable que Argentina y Chile evolucionen en la misma línea; y todavía está por ver qué le depara el futuro a México, con cien millones de habitantes, si logra terminar con la lacra del narcotráfico. Los lazos culturales, idiomáticos e históricos entre ambos lados del Atlántico deben traducirse en una conexión comercial y financiera de primer orden.
Esta relación sólo puede traerle beneficios a Europa, y ningunearla puede ayudarnos a ser aún más insignificantes en los próximos cien años. La experiencia comunitaria europea puede y debe servir de ejemplo a América Latina, lo cual nos otorgaría un papel de influencia en la región.
Una cuestión de clara competencia. Las posibilidades potenciales de integración en América Latina son objetivamente mayores que las europeas. Mientras en la Unión cada país habla un idioma, apenas dos lenguas comunican a toda América del Sur. Por otro lado, al tratarse de Estados más o menos modernos, resulta más sencilla la cohesión, frente a la complicada integración entre naciones europeas con miles de años de historia a sus espalda - en muchos casos, de enfrentamiento -.
La población mucho más joven y numerosa de América Latina les ayudará a convertirse en una gran potencia económica, especialmente si alcanzan la integración monetaria. Puede llegar a ocurrir que nos adelanten en la escena internacional, convirtiéndose en un actor mucho más a tener en cuenta que la Unión Europea. No podemos consentirlo. Por lo tanto la política comunitaria debería ir orientada a una relación de colaboración y competencia de la que todos podamos beneficiarnos.
Una responsabilidad moral. Resulta triste comprobar que los valores de integración de la Unión Europea están más vivos en América del Sur que en Europa. Los líderes políticos sudamericanos se parecen más a los padres de la Unión que muchos de los actuales gobernantes comunitarios. La responsabilidad histórica que demuestra Lula cuando habla sin ambages de instituciones, moneda y parlamento comunes es de una determinación que no encontramos actualmente en ningún político nacional europeo.
No hay más que echar un vistazo a la prensa latinoamericana para ver que en ella aparecen más noticias sobre la Unión que en los diarios españoles, franceses o británicos. Su interés por nuestros asuntos es mayor que el de la propia Europa, porque ellos son capaces - en la distancia - de ver mejor nuestros éxitos y percibir menos nuestras complicaciones.
Es por ello que los políticos europeos, así como los ciudadanos, tienen el deber de recuperar sin reparo alguno los valores fundamentales que inspiraron la integración europea: unidad económica, política y social. Paz, Unión y progreso. No podemos permitir que un grupo de potencias extranjeras llegue a dejarnos atrás sirviéndose de nuestros propios principios; sería de una ineptitud histórica.
La estabilización de estos países, que han pasado de ser Estados intervenidos por el FMI a cada vez más válidas potencias económicas, no ha sido ajena a las viejas pretensiones latinoamericanas de integración. Con una población de ciento noventa millones de habitantes y un superávit de 7.900 millones de euros - superando ya a España como potencia -, está claro que Brasil jugará, en un hipotético proceso de construcción sudamericana, el papel catalizador e impulsor que Alemania interpretó para la cohesión europea.
Uno de los líderes que más partidario se ha mostrado de la integración es el ex-presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. En el documental de Oliver Stone Al sur de la frontera, Lula dijo soñar con "una estructura de moneda única en América del Sur, tener un Parlamento de América del Sur y unas instituciones políticas de América del Sur". Básicamente, lo que Lula sueña es una versión latinoamericana de la Unión Europea.
Lula y otros políticos sudamericanos muestran la visión de futuro y responsabilidad histórica que caracterizó a varios líderes europeos del pasado, como Helmut Kohl. Porque este proceso no se reduce a una mera declaración de intenciones.
Ya ha habido avances en el sentido que apuntaba el ex-presidente de Brasil; se está poniendo en marcha la integración de los mercados financieros andinos o la creación de una zona de libre comercio entre seis naciones. La acción más ambiciosa es el planteamiento de un espacio de libre circulación entre Argentina y Chile. Es posible que, si los Estados de América Latina logran terminar con el narcotráfico, podamos hablar algún día de un "espacio Schengen" sudamericano.
Todo este proceso, que presumiblemente se intensificará en el futuro, no es algo a lo que Europa deba mirar desde fuera como cosa lejana del otro lado del mar. Debe ser considerado, de hecho, un asunto europeo prioritario. Esto es así por muchos motivos.
El papel de las metrópolis. España y Portugal y, en menor medida Países Bajos, Reino Unido y Francia son responsables directos de la historia y, por tanto, el idioma y la cultura de América Latina. Por eso no pueden considerarse ajenos a los hechos que ocurran allí en el siglo XXI. Deben implicarse a fondo en el proceso de construcción sudamericano, y debe ser una implicación económica y política. Madrid debería ser considerada la capital de la Hispanidad por motivos prácticos, no sólo sentimentales.
Una necesidad económica. Brasil será con toda certeza una de las mayores potencias económicas del mundo en el presente siglo. Es probable que Argentina y Chile evolucionen en la misma línea; y todavía está por ver qué le depara el futuro a México, con cien millones de habitantes, si logra terminar con la lacra del narcotráfico. Los lazos culturales, idiomáticos e históricos entre ambos lados del Atlántico deben traducirse en una conexión comercial y financiera de primer orden.
Esta relación sólo puede traerle beneficios a Europa, y ningunearla puede ayudarnos a ser aún más insignificantes en los próximos cien años. La experiencia comunitaria europea puede y debe servir de ejemplo a América Latina, lo cual nos otorgaría un papel de influencia en la región.
Una cuestión de clara competencia. Las posibilidades potenciales de integración en América Latina son objetivamente mayores que las europeas. Mientras en la Unión cada país habla un idioma, apenas dos lenguas comunican a toda América del Sur. Por otro lado, al tratarse de Estados más o menos modernos, resulta más sencilla la cohesión, frente a la complicada integración entre naciones europeas con miles de años de historia a sus espalda - en muchos casos, de enfrentamiento -.
La población mucho más joven y numerosa de América Latina les ayudará a convertirse en una gran potencia económica, especialmente si alcanzan la integración monetaria. Puede llegar a ocurrir que nos adelanten en la escena internacional, convirtiéndose en un actor mucho más a tener en cuenta que la Unión Europea. No podemos consentirlo. Por lo tanto la política comunitaria debería ir orientada a una relación de colaboración y competencia de la que todos podamos beneficiarnos.
Una responsabilidad moral. Resulta triste comprobar que los valores de integración de la Unión Europea están más vivos en América del Sur que en Europa. Los líderes políticos sudamericanos se parecen más a los padres de la Unión que muchos de los actuales gobernantes comunitarios. La responsabilidad histórica que demuestra Lula cuando habla sin ambages de instituciones, moneda y parlamento comunes es de una determinación que no encontramos actualmente en ningún político nacional europeo.
No hay más que echar un vistazo a la prensa latinoamericana para ver que en ella aparecen más noticias sobre la Unión que en los diarios españoles, franceses o británicos. Su interés por nuestros asuntos es mayor que el de la propia Europa, porque ellos son capaces - en la distancia - de ver mejor nuestros éxitos y percibir menos nuestras complicaciones.
Es por ello que los políticos europeos, así como los ciudadanos, tienen el deber de recuperar sin reparo alguno los valores fundamentales que inspiraron la integración europea: unidad económica, política y social. Paz, Unión y progreso. No podemos permitir que un grupo de potencias extranjeras llegue a dejarnos atrás sirviéndose de nuestros propios principios; sería de una ineptitud histórica.








