Cada vez son más los europeístas que ven probable e incluso deseable un eventual fracaso de la moneda única seguido por un descalabro de la Unión. Aunque esto parezca paradójico - los europeístas simpatizando con el fin de la UE - se basa en una postura razonada aunque opinable: que el fin de ésta Unión Europea puede traer una Unión Europea nueva que funcione mejor. Aprender de los errores, depurar vicios y responsabilidades y empezar de nuevo, esta vez sí, encarados al éxito y sin arrastrar los males que nos condujeron al desastre. En definitiva demoler el edificio y construir uno más sólido en lugar de apuntalar y restaurar las ruinas.
Esto, como digo, es opinable y lo que deberíamos preguntarnos - europeístas o no - es sencillamente si Europa podría hacer esto. ¿Podrá Europa, tras un eventual fracaso de la Unión, aprender de sus errores, recuperar el espíritu integrador y restaurar la Unión, en esta ocasión, con los mecanismos políticos, económicos y democráticos necesarios para hacerla funcionar y sobrevivir en el siglo XXI? La respuesta es: rotundamente no.
¿Por qué? En un futuro me gustaría explicar detenidamente cómo creo que será la Europa post-comunitaria, pero ahora lo expondré a grandes rasgos. Lo que - imagino - tendremos tras una eventual quiebra del euro seguida por un colapso de la Unión serán devaluaciones extremas en los países más débiles, afectados a su vez por deudas multimillonarias que seguirán virtualmente en euros. Al mismo tiempo, el hundimiento del crecimiento por la falta de liquidez traerá muchos casos de hiperinflación, agravados por los pánicos bancarios y fugas de capitales derivadas del miedo colectivo. La restauración de las fronteras gravará las transacciones comerciales con aranceles aduaneros, lo que perjudicará a los países importadores - porque muchos productos subirán de precio - y a los exportadores - porque venderán menos - lo cual aumentará aún más el paro.
En definitiva tendremos gente muy pobre con sueldos muy bajos y bienes muy caros - carísimos - a pagar con una moneda extremadamente barata y sostendremos una serie de Estados técnicamente arruinados sin dinero para financiar infraestructuras ni sostener servicios de ningún tipo. A todo ello hay que añadir que el fin de la Unión conllevará la obvia disolución de los presupuestos comunes y, por tanto, de los Fondos de Cohesión, lo que provocará que las naciones más débiles no puedan contar más con el plus que anteriormente suponía la aportación de los países más ricos. Es decir, cada Estado tendrá que arreglárselas solo - para vislumbrar la magnitud de esto, debemos saber que en España dependen desesperadamente de estos fondos cosas como las universidades, las carreteras y autovías o la recogida de basuras -.
¿Significa esto que Europa no podría rehacerse? Los europeístas saben que todo esto ocurriría, incluyendo a aquellos que creen que ya es necesario para empezar de cero, incluso para que el derrumbe convenza a los ciudadanos de la necesidad de crear una segunda Unión esta vez mejor integrada y más democrática. Ahora bien, ¿podríamos? No, no lo creo; a continuación explicaré por qué.
Muchos creen posible empezar de cero basándose en el mejor y más exitoso ejemplo reciente de "resurrección europea": la Segunda Guerra Mundial. Con una situación económica infinitamente peor, todas las infraestructuras del continente devastadas, colapso alimenticio y cincuenta millones de muertos a sus espaldas Europa fue capaz de rehacerse, encauzar su destino y avanzar en la senda del desarrollo, la democracia y la integración. Ahora bien, esto sería imposible ante un nuevo naufragio de Europa por algunas razones muy sencillas.
La primera de ellas se llama Estados Unidos de América, o mejor dicho su ausencia. Porque fue Estados Unidos, realmente, el verdadero artífice de la recuperación europea tras la Segunda Guerra Mundial. Con su descomunal despliegue de inversiones, su apoyo financiero y político e incluso su protección militar, Estados Unidos garantizó la restauración de las naciones europeas. Fue en gran medida por este apoyo que Europa produjo el milagro; pasó de la devastación más absoluta a componer el grupo de países más desarrollado del mundo en sólo treinta años. Y no sólo eso, Estados Unidos logró también mantener a raya la injerencia de la Unión Soviética en Europa.
Estados Unidos hizo esto porque le convenía - creó en Europa un mercado preferente para dar salida a su enorme producción industrial, lo que en última instancia benefició a su economía - y también porque podía. En el siglo XXI, con una economía creciendo a velocidad de crucero, una sociedad menos dinámica y más desencantada, tras la fractura que supuso el 11S y compitiendo con cuatro bestias imparables - Brasil, China, Rusia, India - garantizar el éxito o el fracaso de la Unión Europea es lo último que Estados Unidos necesita.
Está bien, podemos ser optimistas y pensar que incluso sin el apoyo de los Estados Unidos lograríamos rehacernos. Lo hemos hecho otras veces, y después de todo la situación no sería tan catastrófica como en los 1950. Por ejemplo las infraestructuras no habrían sido destruidas, ni tendríamos millones de muertos a nuestras espaldas. Quizá podríamos, como sugieren muchos, plantearnos empezar de cero aun aceptando estas serias dificultades y tal vez incluso fuera posible pero lo que debemos preguntarnos es si los demás nos dejarían.
La UE, desde el principio, ha causado muchos recelos en el mundo. Ha puesto nerviosa incluso a América. La Unión causaba recelos porque era una potencia emergente, era un competidor contra el que muy pocos países tenían ganas de enfrentarse en el futuro. Si la Unión Europea se hubiera hecho bien desde el principio - en 1992, con su primer Tratado - sin duda se habría convertido en poco tiempo en la primera potencia mundial porque lo teníamos todo para ser la primera potencia mundial. Esto nos ha demostrado la actitud de terceros actores, muchos de los cuales han puesto palos en las ruedas de Europa desde el primer momento - Estados Unidos, por ejemplo, apoyó con decisión la gran ampliación al este, algo que sabía que perjudicaría a la UE como finalmente ocurrió -.
Postrados y desarmados en el suelo, nuestros competidores - en un mundo competitivo y global - lo tendrían mucho más fácil. Hay que tener en cuenta que en medio del desastre tendríamos que driblar con los empujes de Brasil, India y, sobre todo, Rusia y China. Lo que seguramente harían - y harán - estas potencias será aprovechar el desplome de la Unión para, una a una y por separado, convertir a las naciones europeas en su patio trasero - divide y vencerás -. ¿Cómo harán esto? Fácil, sólo tenemos que pensar en el modo en que Europa ha hecho lo mismo en el pasado con África o Latinoamérica.
En primer lugar habría una fuerte colonización económica y financiera. Las potencias emergentes todo el capital industrial europeo, controlando así las fuentes de generación de riqueza y empleo. Se harían grandes inversiones, asimismo, en la deuda de los países europeos y se desplegarían eternas líneas de crédito para condenarlos a un endeudamiento perpetuo y hacerlos dependientes. Estos movimientos orientados al control económico también aumentarán la fuerza política de los poderes extranjeros sobre Europa, con Gobiernos cada vez más endebles y menos democráticos. Ya se están dando pasos en este sentido. A todo ello se uniría la entrada en la esfera militar rusa ante el paulatino retroceso de los Estados Unidos - teniendo en cuenta que muchas de las fuerzas armadas europeas ya son débiles hoy y lo serán aún más tras el definitivo colapso del euro -; algo que algunos sugieren que ya está ocurriendo.
Debemos pensar en cómo funciona el mundo y en lo competitivo que es. Las potencias extranjeras han aprendido de nosotros, estuvimos a punto de derrotarles y no van a cometer el mismo error. No van a dejar que nos rehagamos. E incluso aunque no albergasen malos sentimientos contra nosotros ni deseasen aplastarnos en nuestro peor momento, la reconfiguración del escenario internacional inevitablemente nos afectará dramáticamente.
La historia parece enseñarnos que cuando una potencia resurge otra inevitablemente cae. Es algo que estamos viendo, sencillamente la globalización parece destinada a acabar con nosotros - justo al contrario de como creíamos que sería -. A medida que las potencias emergentes sean más fuertes y estables y aumente su nivel de vida nos veremos afectados de forma inevitable: necesitarán provisiones adecuadas de mano de obra barata para mantener la competitividad de sus multinacionales, Estados clientes con leyes débiles en materia laboral y medioambiental para favorecer sus necesidades de producción o entornos donde mantener alejadas a las mafias del crimen internacional que terminarán por expulsar de sus propios países. Necesitarán, en fin, un patio trasero.
Lo que planteo - y podría seguir con varios ejemplos - es simplemente lo que cada vez más expertos profetizan: un cambio en los puntos de gravedad tras los cuales el mundo seguirá siendo exactamente igual que ahora, pero con las cosas cambiadas de sitio. Lo que llamamos "primer mundo" se encontrará radicado en el Pacífico y al Mediterráneo, por desgracia para nosotros, le tocará la peor parte. En este contexto hablar de una segunda integración o una nueva Unión Europea será impensable, como hubiera sido impensable que se crease una "Unión Latinoamericana" en los 1990 - unión que sí se creará en un futuro próximo, toda vez que América del Sur ocupe el lugar que hasta ahora había ocupado Europa en el mundo desarrollado -.
¿Todo esto sucederá inevitablemente? Inevitablemente no, pero es muy probable que ocurra. En mi opinión es un proceso casi irreversible y natural de evolución del mundo. Si queremos verlo desde el punto de vista de la "justicia histórica", tal vez sea una forma de expiar a Europa por los crímenes que ha cometido contra la humanidad durante mil años - con la paradoja cruel de que no sufrirán el castigo sus autores sino sus descendientes -. En cualquier caso las potencias emergentes ven - cosa lógica - una oportunidad en el derrumbe europeo y no piensan desaprovecharla.
¿Podemos evitarlo? Es difícil. Desde luego no si quiebra el euro y la Unión colapsa. En esta ocasión, como hemos comentado, no tendremos a nadie que nos saque las castañas del fuego. De todas las potencias emergentes sólo una - Brasil - es una democracia de corte occidental de modo que nos quedarán pocos amigos en el escenario internacional dispuestos a hacer semejantes esfuerzos por salvarnos. Lo que tendremos, insisto, es una Europa empobrecida, con salarios muy bajos, dedicada casi en exclusiva a la producción, con una economía intervenida de facto de forma perpetua y con una nociva presencia del crimen internacional. Algo muy parecido a lo que durante el siglo XX ha sido Centroamérica.
¿Se podría evitar, por otro lado, el colapso del euro? En mi opinión sí, si nuestros líderes políticos tomaran las decisiones adecuadas. Por desgracia no lo harán, en primer lugar porque son imbéciles y porque sólo piensan - como haría un estúpido - en las próximas elecciones. En segundo lugar porque los ciudadanos, que compiten con los políticos en este sentido, no sólo no exigen con insistencia y decisión que se tomen dichas decisiones sino que, cuando se toman, las rechazan porque son un "ataque a la soberanía". Tal como están las cosas lo más probable es que Grecia deje el euro en septiembre y comience el lento pero inexorable colapso de la Unión Europea - del que hablaremos con más extensión en futuras entradas -.
Cabe preguntarnos, sin embargo: ¿habrá servido de algo todo esto? ¿De verdad los cincuenta años de integración no van a valer para nada? Bueno, para nosotros no, desde luego. Pero sí para el mundo. Míremoslo con generosidad: nosotros nos hundiremos en un pozo del que jamás saldremos, pero durante unos años dimos a las naciones del mundo una lección formidable de democracia, concordia, diálogo entre los pueblos, paz e integración. Algo que imitará América Latina creando con éxito, esta vez sí, una Unión basándose en nuestro ejemplo.
Estoy de acuerdo, no creo que la solución sea empezar de cero la solución avanzar hacia la Europa Federal ahora desde donde estamos.
ResponderEliminarRetroceder con la esperanza de conseguir una nueva integración europea más avanzada es un grave error.